OFRENDA. LAURA CASIELLES.


Toma, este es mi cuerpo,
Ha vivido tempestades y lleva dentro animales pequeños
que por su nombre podrían ser dinosaurios.
Toma, este es mi cuerpo,
te estaba esperando,
cada mañana lo perfumo y a menudo
no me deja dormir,
si te fijas bien verás que en los recodos
tiene la forma de tus manos.

Toma, este es mi brazo, tuyo,
este es mi labio,
tuyo,
este es mi cuerpo y enseguida
piel,
entrañas,
tuyo,
se va a poner a llorar de amor,
naranjas, viento,

toma,
este es mi cuerpo,
te estaba esperando,

a veces no estás y no es nada,

a veces cuerpo,

a veces voz.

                        (Laura Casielles, Los idiomas comunes)


Dos poemas de César Vallejo.


La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño en pájaros iguales,
y el pájaro, después, en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.

La cólera que al árbol quiebra en hojas,
la hoja en botones desiguales
y al botón, en ranuras telescópicas;
la cólera del pobre
tiene dos ríos contra muchos mares.

La cólera que quiebra al bien en dudas,
a la duda, en tres arcos semejantes
y al arco, luego, en tumbas imprevistas;
la cólera del pobre
tiene un acero contra dos puñales.

La cólera que quiebra al alma en cuerpos,
al cuerpo en órganos desemejantes
y al órgano, en octavos pensamientos;
la cólera del pobre
tiene un fuego central contra dos cráteres.



De: Poemas Humanos



Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos repitiéronle:
"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos lo hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar...



Leer más textos en poemas de César Vallejo

Desencanto de la chica que se creía novia del artista de telenovela




He visto hoy tu foto en el periódico
y la he recortado. Tenías
los ojos azules y estabas
preocupado.
La tengo pegada en la puerta de alguna casa, perdona
el descuido y el tono narrativo.

Te vi el domingo en la tele. Me pregunto
si lo de ser actor es todo fingido. Nunca me hablas de estas cosas.
Y no sé tampoco lo que haces cuando no es domingo.
Ten cuidado. No bebas mucho.

Hoy te han hecho un a entrevista en la revista de siempre,
pero eso ya lo sabes.
Salían fotos tuyas, de nuevo,
te has cortado el pelo
y no me lo habías contado,
cómo eres, desde luego.

¿Creías que no me enteraría?
La he visto hoy, y a ti de su brazo, tonteando.
Parecías feliz, aunque cansado,
sí, te he visto con otra, en las noticias.
Y ahora mismo te abandono,
porque una cosa es que yo esté loca
y otra que no tenga dignidad.

                               Gloria Gil Romera. La manera de recogerse el pelo.

Mirar el mar

Con un hermoso poema recién descubierto de Sergio Borao me han dibujado esta preciosidad de postal. Espero que quien pase por aquí lo disfrute tanto como yo, con el murmullo de las olas.

 Efectos de sonido - - Olas de la playa .mp3
Found at bee mp3 search engine


Ondina. Abelardo Castillo.

La Sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlos monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.

                                                               Abelardo Castillo, El espejo que tiembla, Buenos Aires, 2005.

Áspero abrazo (Concha Fernández González)



Me dormí a la orilla de un lago junto a un árbol de tronco retorcido. De pronto, sus raíces comenzaron a salir de la tierra como manos sarmentosas y a recorrer mi cuerpo. Exploraban mis rincones con la misma avidez que un animal hambriento. Molesto por aquella insistente caricia que no deseaba, las retiré entre sueños, pero ellas volvían. Aquellas extremidades leñosas persistían en su obstinado recorrido, aprisionando mi cintura cada vez con más fuerza. Inquieto, las sacudí de nuevo, esta vez con saña, intentando librarme de su asfixiante abrazo. No lo conseguí. De repente me encontré entre las manos un objeto cortante. Sin pensarlo, golpeé con él las raíces hasta que, soltándome, cayeron al suelo. Un líquido caliente brotó de su interior y me mojó la cara. Me limpié con la hierba, que parecía un lienzo, y continué durmiendo.
Cuando desperté, ella yacía ensangrentada a mi lado. Le faltaban las manos.

EL FINAL. Fredric Brown

"EL FINAL

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.

-Y he encontrado la ecuación clave - dijo un buen día a su hija - El tiempo es un campo. La maquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.

Apretando un botón mientras hablaba, dijo:

- Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto - dijo, hablaba mientras botón un apretando.

- Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que maquina la. Campo un es tiempo el. - Hija su a día buen un dijo -. Clave ecuación la encontrado he y.

Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.


Final el"

(Publicado en "Lo mejor de Fredric Brown")



Morir contigo



Te dije
que quería morir entre tus brazos,
y aún después de muerta,
estar para siempre contigo.

Y por fin lo he conseguido.

Debo agradecer sin duda
a este hábito de ver tele por las noches,
a la cita con la compra de los sábados,
a la pregunta impertinente
de qué quieres de regalo,
a ese miedo del disgusto,
del qué dirán mis padres.

Qué bonito
compartir oficio,
ser los dos enterradores.

Qué necrófilo
que te vuelves por las noches
abrazando mi cadáver.

Qué simpático
este espíritu burlón que lo posee,

qué educado al retener la risa floja,
si es que ve tu mueca esforzada
cuando orgasmas en mi sexo seco.

Qué aséptica
esta voz de hojalata que me sale
al preguntar si has acabado.

Qué de paz te trae la muerte, tú.