Evocación de una piedra lunar de la pisada de Armstrong (o Del amor y Del abandono)

(Este poema se publicó en el número 21 de la revista literaria El fantasma de la glorieta, que se puede consultar AQUÍ. )



I

Era 20 de julio de 1969,
pero yo lo ignoraba.

No hubo
en 4.500 millones de años
nada más que nada,
en este país sin erosión ni viento.

Un todo que es nada,
y la nada que es todo cubriéndolo todo.

Y de repente ¡tú! un aleteo súbito.
Un leve roce ingrávido
que fue mi sacudida interna

tú despertar en estremecimiento
tú bendita caricia de arrabal planetario
todo se mueve
tu pie en mi lomo

y ooooooh  marabunta de

monos silex pirámides papiros olimpiadas legiones estatuas  acueductos indios tótems murallas caballos fosos fábricas guerras películas sollozos carcajadas asombro espanto desaliento de muerte delirio de orgasmo lluvia de besos temblor de labios estallido de olas mordida de alacranes suspirar amasar rendir congelar la sonrisa matar una rana escalar la montaña y un

latido
       (bum-bum)
                     traspasado.




II


Y te fuiste.
Como nunca había tenido compañía,
solo entonces conocí la soledad.


Los restos que dejaste (las huellas, mediciones,
los viejos instrumentos)
huelen como todo a cementerio.

Qué lástima viajaste tanto
sin descubrir lo que yo sé ahora:
que el tiempo se puede detener
y sucederse las rotaciones y las órbitas,
porque el abandono y la eternidad
no son sino una misma cosa.

He forzado a todos mis átomos
a escudriñarte allá al fondo
en el planeta agua
qué haces dónde estás tienes como yo
tanto frío.

Los he forzado a romper a hablar
solo para decirte:
vuelve

tráeme
un día de primavera

Tráeme aunque solo sea
aquel aroma tibio
de café.

Cuentito de mi pequeña travesía nocturna.

En espera de un prometedor ilustrador, subo este cuentito que está todavía como que cociéndose, en una presentación primero y para el que no la pueda ver, de manera tradicional.

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Nocturno y Aniversario.


Supongo que no hace falta amor
sino valor
para saltar con los ojos abiertos
sobre una incertidumbre
Al cabo somos ícaros de alas vacilantes,
y endebles como relojes de Dalí.
Y dime tú, amor mío:
Qué voy a hacer con el miedo.
No quiero ver ceniza en las urnas de tus ojos.
No quiero limpiar un rastro negro de nostalgia.
No quiero meter mis dedos en una llaga violeta de deseo
y encontrarme de repente con el frío de tus huesos,
ni verte convertido en alguien gris y húmedo
que esconde una postal del sol en su bolsillo.
Qué voy a hacer con el miedo.
Supongo que no me hizo falta amor, sino valor,
para haber dicho esto.
Pero desde estas latitudes hambrientas de tu cuerpo
el mundo se convirtió en una jaula gigante.
La luna es un pez abisal con los ojos atrofiados.
La esperanza me muerde la boca como perro rabioso.
doce estrellas doce dardos de espinas
Noche Asco Nordeste Silencio Frío
Las semanas ya le aúllan al océano
y agonizo por beber de tu saliva
todos
los
días
de mi Vida.

Genética

-¡Mami, Mami!- chilla Rebeca, ojos grandes, media sonrisa, un colmillo atrapando la punta de la lengua como para morderse la celebración, la mano cerradita sobre el lápiz que baja en picada rumbo a la hoja en blanco.
 - ¿Qué, mi amor?- dice la madre desde el baño, con un ojo en su libro y otro en el drenaje del secarropas. 
- ¡Se me escribió un cuento!
                                                                    Edgardo Ariel Epherra

Este tipo es una mina.

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros. 
                                                                                                                    Luisa Valenzuela

La ajusticiada.

Antes de recibir el golpe, sintió la caricia del hacha.
                                                                 Pablo Gonz

Pesadilla.

Estás con ella en la cama, a solas, y con la luz apagada. La abrazas, la aprietas con pasión, le susurras cosas, la acaricias, le das la vuelta y sigues besándola hasta que, por fin, la vuelves a colocar en su sitio, bajo tu cabeza.
                                                                                                Daniel Sanchez Bonet

ECOSISTEMA DE DESAMOR

      Corto mis venas con su hoja de afeitar y espero pacientemente en la bañera hasta que mi cuerpo se licua por completo en sangre, escapo por el sumidero, y avanzo por unos intestinos de plomo que me vomitan al mar convirtiéndome en un pasto marino que hace las delicias de una langosta que se topa con un pulpo hambriento que es devorado por una morena que captura un pescador que me conduce a una lonja donde me compra un cocinero que me guisa en cazuela de arroz para dos comensales, una mitad para ti, la otra mitad para tu amante.

                                                                                   José Agustín Navarro Martínez

LA OLA

Añadir leyenda


Cuando alcanzo a comprender que acompañada
voy contigo donde quiera que yo vaya,
te escribo nuestros nombres en la playa 
escogiendo una varilla abandonada.

Tu inicial a mi inicial hago enlazada,
tu vocal a mi vocal hecha una malla.
Y tu rúbrica se inclina hacia mi raya,
por besarme en esta orilla rubricada.

Así venzo a lo efímero y lo eterno,
pues la ola que se va con  la cadena
de esas letras que yo adoro, y el gobierno

de lo fugaz quiere imponer a nuestra historia...
volverá siempre con ellas a la arena,
como vuelve tu recuerdo a mi memoria.

Predori.




La ciudad eslovena de Predori es un recinto fortificado y dicen inaccesible. No es por lo inexpugnable de sus muros: cualquiera de las 17 puertas de acceso a la villa se abre sin dificultad alguna, empujando levemente. Pero cuando sobrepasa la muralla, el visitante encuentra otra, de la misma altura y grosor que la anterior, e inexplicablemente, idéntica longitud. Cualquier puerta que elija le llevará a otra pared con otras 17 aberturas. El ejercicio es extenuante si se prolonga en el tiempo, llegando algún viajero tenaz a sobrepasar 300 puertas con igual resultado.

Si bien parece imposible superar la fortaleza, escapar de Predori es sencillo. El agotado explorador debe salir (sea cual fuere el nivel del laberinto en el que se halle) por la última puerta que ha traspasado. Se encontrará de nuevo a cielo abierto, con la primera muralla extendiéndose ante sí.

Solo hay una manera de entrar en Predori. Sé que el avispado lector, siempre atento a la palabra, ya la ha descubierto.


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NOTA 1: Inventé la ciudad de Predori para el taller literario de El fantasma de la Glorieta, que os recomiendo (es gratuito y online) si os gusta escribir bajo consignas y formatos preestablecidos. En esta ocasión la propuesta consistía  en describir una ciudad inverosímil, por los factores que fueran. Predori ha sido elegida para comenzar un itinerario mágico que se está construyendo AQUÍ. Aún estáis a tiempo para participar si os gusta la idea.

NOTA 2. Es verdad que se puede entrar en Predori. También estáis invitados a descubrir cómo.

La carencia, Alejandra Pizarnik





Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.


Esta lila se deshoja.
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.

Amor 77. Julio Cortázar.




  Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Sonámbulos



Dos sonámbulos se conocen en  un pub. No es que estén dormidos, aunque tampoco en pleno uso de sus facultades mentales: ambos han bebido demasiado, y se encuentran un poco mareados. Pero la música suena muy alta, y ella baila en el medio de la pequeña pista improvisada que dejan libre algunas sillas y mesas separadas, y él se acerca moviéndose desacompasadamente, y sonríen, y bailan juntos, haciendo cada vez más estrecha la distancia que separa sus cuerpos.  Surge el beso: "Estás muy buena.",  dice Salva, y ella sonríe de nuevo pero no quiere oír más, y hunde su lengua con fuerza en la boca del hombre. Entre trompicones salen,  van a la casa de él, se quitan la ropa a medias, tienen sexo, y caen dormidos muy rápido.

Ella sueña que le acaricia tiernamente la frente, apoyando sus dos palmas,  le pasa los dos índices por el arco de sus cejas,  y luego uno solo,  suave, por el puente de su nariz aguileña. Que se acerca a su oído y le susurra: “Eres tan perfecto”. Que le besa dulcemente  en el cuello, en la barbilla, en los ojos, en los labios, muy lento. Que le acaricia la espalda dibujándole una estrella, que es su nombre. Que lo ama.

Él sueña que le huele el pelo, que la atrae hacia sí rodeándola por la cintura, y aprovecha el recién nacido arco de su espalda para besarle el nacimiento de la uve de su pecho. Que sigue hacia abajo, haciéndole un caminito de besos, murmurando una ternura tras cada parada. Que recala en su estómago, murmurando Mi inicio. Que la ama.

Y como son sonámbulos, ambos están haciendo justamente aquello con lo que sueñan. Revueltos de sábanas y de sudor, ellos se huelen, lamen, pronuncian, acarician, tocan y besan, con el corazón arrojado a las manos y a la boca. Gimen, y hasta casi sollozan a veces, emocionados. Así durante toda la noche,  llenos de entrega y completamente dormidos, se aman.

Cuando Estrella despierta sin recordar, y después de ese breve instante en que uno no reconoce la pared que está viendo ni esa lámpara del techo, le sobreviene un nuevo extrañamiento, más profundo,  de encontrarse tan dulcemente abrazada. Con calma se viste y con expresión interrogativa se va,  intentando cerrar la puerta sin hacer mucho ruido. 

Adán y Eva I y IV. Jaime Sabines.

Adán y Eva, Tamara de Lempicka
ADAN Y EVA I

—Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate.
—Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció?.
—Es de día, pero aún hay estrellas. El sol viene de lejos hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha.
—Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo a ti.
Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los dos se habían metido en un río muy ancho, y que jugaban con el agua hasta el cuello, y reían, mientras pequeños peces equivocados les mordían las piernas.




ADÁN Y EVA IV

—Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquilany tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin  risas.
¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que tuve.


(para leer el texto completo pincha abajo)



La afrenta.


Te merecías todo lo que te hice menos esa última afrenta, aunque reconozco que nada exime más que lo que se hace en nombre de un amor traicionado.
         Lo que le conté en la carta era indigno porque pertenecía exclusivamente a nuestra intimidad, y estoy seguro de que cuando buscó y encontró el lunar en el recóndido secreto que sólo yo besaba, mientras tú excitada me alentabas a hacerlo, sintió la misma frustración de quien halla el cofre del tesoro vacío con la burla de quien ya lo sustrajo.
          Sé que tu amor es una pérdida definitiva y me resigno a ello, pero el secreto de ese lunar sólo a mis labios pertenece. Y cuantas veces requiera tan íntimo tesoro encontrará el vacío que queda de quien lo despojó.
          Una afrenta que a mí me tiene prisionero y a él esclavo y a ti culpable, y a los tres hundidos en la desdicha porque yo te seguiré queriendo y él nunca podrá quererte del todo, y tú jamás llegarás a olvidarme, al menos mientras el lunar sostenga el recuerdo de mis besos y de mis lágrimas.

Luis Mateo Díez

Crimen ejemplar, Max Aub

Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero ésas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
-¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba.

Siega cada imagen. Armando Roa Vidal.




SIEGA CADA IMAGEN.
Haz del lenguaje tu propio patíbulo.
Asciende pesadamente sus escalinatas.
Sé el verdugo. Cancela pronto la representación.




otros poemas del mismo autor

Alga quisiera ser. Ángel González.


Alga quisiera ser, alga enredada,
en lo más suave de tu pantorrilla.
Soplo de brisa contra tu mejilla.
Arena leve bajo tu pisada.

Agua quisiera ser, agua salada
cuando corres desnuda hacia la orilla.
Sol recortando en sombra tu sencilla
silueta virgen de recién bañada.

Todo quisiera ser, indefinido,
en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
gaviota, cielo, nave, vela, viento…

Caracola que acercas a tu oído,
para poder reunir, tímidamente,
con el rumor del mar, mi sentimiento.


poemas de Ángel González

El pájaro en la ventana - Microrrelato - Red Social Literaria - Publicar Microrrelatos | Falsaria.com

El pájaro en la ventana - Microrrelato - Red Social Literaria - Publicar Microrrelatos | Falsaria.com

Amor no consumado en un bar.

Le dijo “te quiero”, declarándole su amor.
La moza le trajo un té.
Le dio vergüenza aclararle el error; lo bebió, dejó propina, y se fue.


Nanim Rekacz, Argentina. Tomado de su blog "Mujer de cuarenta y tantos".

Verdaderas amigas.


Una pequeña niña se acercó a otra notoriamente más espigada y alta, y le preguntó por qué sus padres y hermanos insistían en decirle que no existía, que se trataba solo de una amiga imaginaria.

-No me vengas otra vez con lo de tu familia. Ya te he dicho que ellos solo están en tu mente -precisó la más alta.

-Está bien -respondió la pequeña, titubeante, mirándose las manos, como si de ese modo pudiera evitar que se desvanecieran. 

Ricardo Sumalavia, Enciclopedia mínima, Fondo Editorial PUCP, 2004.

Propiedad transitiva. Juan Romagnoli.


El enunciado era aproximadamente así: Si A es igual a B, y B es igual a C, entonces C es igual a A, ¿correcto? Bien. Esto es lo que yo llamo un pensamiento rigurosamente lógico; por tanto, ya sobre suelo firme, avancemos: si yo amo a mi esposa, y mi esposa ama a su bella hermana, entonces no comprendo por qué reacciona de ese modo.

Juan Romagnoli, Universos ínfimos, Ediciones Tres fronteras, Murcia, 2009.

El signo de la muerte. Anónimo.

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto amenazante. Esta noche, por milagro, desearía estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde se encuentra en la plaza con la Muerte y le pregunta:

–Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? –No fue un gesto de amenaza –le responde– sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán y quería recordarle que allí tenemos una cita esta noche.

Anónimo, Las mil y una noches.

EL AMOR. KOSTAS AXELOS


Un estudiante alemán va una noche a un baile. En él descubre a una joven, muy bella, de cabellos muy oscuros, de tez muy pálida. En torno a su largo cuello, una delgada cinta negra, con un nudito. El estudiante baila toda la noche con ella. Al amanecer, la lleva a su buhardilla. Cuando comienza a desnudarla, la joven le dice, implorándole, que no le quite la cinta que lleva en torno al cuello. La tiene completamente desnuda en sus brazos con su cintita puesta. Se aman; y después se duermen. Cuando el estudiante se despierta el primero, mira, colocado sobre el almohadón blanco, el rostro dormido de la joven que sigue llevando su cinta negra en torno al cuello. Con gesto preciso deshace el nudo. Y la cabeza de la joven rueda por la tierra.


La casa. Harold Kremer.


Otra vez aquí —dijo la abuela—. Ven.

Cada vez que soñaba la abuela me llevaba por la casa, señalaba las puertas de los cuartos y decía: "Aquí vive tu bisabuelo, aquí tu hermano José, aquí Salvico, aquí..." Y así, en cada sueño, la casa crecía con los cuartos de mis antepasados.

 Alguna vez pregunté por uno de los nombres y la abuela me dijo: "Es el bisabuelo de tu abuelo".

Esta noche recorrimos la casa entera, repasamos los nombres y llegamos a un cuarto nuevo. Miré a la abuela. Me dijo: "Este es tu cuarto".

Harold Kremer, El Combate, Deriva Ediciones, 2004 

Había una vez. Javier Quiroga.

Un apuesto joven llama a la puerta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que esta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:

—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Javier Quiroga, El libro de la imaginación, 1970.

Una historia fantástica. Rafael García.


“He de contarte —dijo el Maestro— la historia más fantástica de cuantas tus oídos hayan escuchado jamás; pero antes, debes cerrar los ojos”. 

Y mientras esto decía, sus rugosas manos se posaron sobre los párpados del imberbe aprendiz. 

 “Ahora —prosiguió el Maestro— escucha con atención: este relato habla sobre un ambicioso e inteligente anciano, que deseoso de robar la juventud el más bello de sus discípulos, le obliga a cerrar los ojos con el pretexto de contarle la historia más fantástica de cuántas sus oídos hubiesen escuchado jamás”. 

Tras un inquietante silencio, el alumno abrió sus cansados ojos y vio, horrorizado, cómo una joven silueta abandonaba la habitación.

Rafael García, El mago natural y otros abracadabras, Ficticia, 2008.

Burocracia. Eduardo Galeano.

Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla. 



En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía porqué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se había hecho, por algo sería. 


Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé que general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre pintura fresca. 

                                                                    Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.


Dos poemas de Jacques Prévert.




En la tienda de la florista

Un hombre entra en la tienda de la florista
y elige flores
la florista envuelve las flores
el hombre se lleva la mano al bolsillo
para buscar el dinero
el dinero para pagar las flores
pero al mismo tiempo se lleva
súbitamente
la mano al corazón
y cae 

Al mismo tiempo que cae
el dinero rueda por el suelo
y también las flores caen
al mismo tiempo que el hombre
al mismo tiempo que el dinero
y la florista se queda allí
ante el dinero que rueda
ante las flores que se marchitan
ante el hombre que se muere
sin duda todo es muy triste
es necesario que la florista
haga algo
pero no sabe qué hacer
no sabe
por dónde empezar 

Hay tantas cosas por hacer
con ese hombre que se muere
esas flores que se marchitan
y ese dinero
ese dinero que rueda
que no deja de rodar.



De "La pluie et le beau temps"Versión de César Rojas



Para ti, mi amor

Fui al mercado de pájaros
y compré pájaros
Para ti
mi amor
Fui al mercado de flores
y compré flores
Para ti
mi amor
Fui al mercado de chatarra
y compré cadenas
Pesadas cadenas
Para ti
mi amor
Después fui al mercado de esclavos 
Y te busqué
Pero no te encontré
mi amor.

De "Paroles"
Versión de Claire Deloupy




OFRENDA. LAURA CASIELLES.


Toma, este es mi cuerpo,
Ha vivido tempestades y lleva dentro animales pequeños
que por su nombre podrían ser dinosaurios.
Toma, este es mi cuerpo,
te estaba esperando,
cada mañana lo perfumo y a menudo
no me deja dormir,
si te fijas bien verás que en los recodos
tiene la forma de tus manos.

Toma, este es mi brazo, tuyo,
este es mi labio,
tuyo,
este es mi cuerpo y enseguida
piel,
entrañas,
tuyo,
se va a poner a llorar de amor,
naranjas, viento,

toma,
este es mi cuerpo,
te estaba esperando,

a veces no estás y no es nada,

a veces cuerpo,

a veces voz.

                        (Laura Casielles, Los idiomas comunes)


Dos poemas de César Vallejo.


La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño en pájaros iguales,
y el pájaro, después, en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.

La cólera que al árbol quiebra en hojas,
la hoja en botones desiguales
y al botón, en ranuras telescópicas;
la cólera del pobre
tiene dos ríos contra muchos mares.

La cólera que quiebra al bien en dudas,
a la duda, en tres arcos semejantes
y al arco, luego, en tumbas imprevistas;
la cólera del pobre
tiene un acero contra dos puñales.

La cólera que quiebra al alma en cuerpos,
al cuerpo en órganos desemejantes
y al órgano, en octavos pensamientos;
la cólera del pobre
tiene un fuego central contra dos cráteres.



De: Poemas Humanos



Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos repitiéronle:
"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos lo hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar...



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